Ser hermana pequeña

Ser hermana pequeña es vivir en un territorio ya explorado, pero no por eso menos propio.

Es crecer viendo caminos marcados por quienes llegaron antes, aprendiendo de sus aciertos y, sobre todo, de sus tropiezos.
Las reglas del juego ya están en marcha porque las mayores han negociado, han probado límites, han abierto puertas y cerrado otras. Pero desde esa posición se toma nota y ¡¡lo que no gusta se cambia!!

No tienes la presión de ser la pionera ni el modelo a seguir (porque sí, a veces es una presión ser hermana mayor) pero sí la oportunidad de absorber experiencias ajenas como si fueran lecciones anticipadas.
Descubriendo que cada hermana tiene su propio proceso, y que imitarlas no significa seguirlas al pie de la letra. Eres la segunda/tercera/cuarta… ¿un poco de irreverencia no?

Ser hermana pequeña enseña más a tus padres y madres que a ti mismo. Enseña más humildad, paciencia y perspectiva. Enseña a relativizar y a soltar expectativas, pero también da una nueva oportunidad para hacer las cosas de manera más atenta y mejor.

A la mediana o pequeña (y a todo el que no sea hermano mayor) le toca encontrar su voz una historia que empezó antes de ella, pero que no estaría completa sin lo que aporta.