El otro día escuché esta frase en un documental y hacía referencia a una vi0 la ciOn pero me pareció totalmente aplicable a un parto…
En ocasiones, durante el trabajo de parto y frente a tantas adversidades, lo normal es desconectar de nuestra voluntad, de nuestro cuerpo, rendirse.
Llegamos con tantos libros y clases a nuestras espaldas que pensamos que será fácil tomar el control porque hay protocolos respetuosos y si estamos concentradas, el planeta parto no llevará al fin esperado: nuestro parto consciente.
Por desgracia no siempre es así. Hay personal muy intervencionista, hospitales muy antiguos con habitaciones poco amables y muchas ganas de quitar protagonismo a las mujeres.
Entonces, tras luchar contra viento y marea (en un momento que debería ser pura dulzura), nos rendimos. Pero eso no significa que consintamos todos los abusos.
No significa que estemos de acuerdo con las prisas y la falta de explicaciones, ni con la mala praxis rutinaria, ni significa que aceptemos intervenciones innecesarias.
No. No consentimos que nos dejen solas, que no podamos movernos ni comer. No consentimos personal en prácticas, ni conversaciones ajenas a mi parto entre compañeras sanitarias.
No. No consentimos faltas de educación y cortesía, ni desprecios cuando grito, lloro o me quejo de mi dolor.
No consentimos la infantilización de las mujeres y el menosprecio a nuestro procesos por una falta absoluta de conocimiento y confianza en nuestro cuerpo.
No. No consentimos, pero sí nos rendimos.
