Lo normal es tener un parto en donde nuestro cuerpo permanece dormido y los médicos llevan la batuta en todo momento. Lo natural es sentir las contracciones con toda su intensidad y acompañemos a nuestro bebé en su llegada al mundo, de manera consciente y siendo la protagonista.
Lo normal es que nuestras criaturas se alimenten a biberón y perdamos las lactancias en los primeros días o meses. Lo natural es que, entre unas y otras, nos apoyemos para dar de mamar todo el tiempo que queramos, a demanda y hasta que nuestros bebés y nuestros cuerpos quieran.
Lo normal es que antes de las 20 semanas nuestras crías vayan a una guardería para ser cuidadas por otras adultas mientras nosotras regresamos a nuestro trabajo para seguir produciendo. Lo natural es que quieras estar con tu bebé el máximo tiempo posible, los años que necesite tu criatura, hasta que sea lo suficientemente autónoma y pueda separarse de ti sin miedo y sin dolor.
Lo normal es que a los pocos meses de vida nuestras hijas y a nuestros hijos duerma en su cuna y en su propia habitación, separadas de nosotras para que así podamos «descansar». Lo natural es que duermas con tu hija, lo más cerca posible, para que puedas escuchar su respiración, podáis acompasar vuestro ritmos cardíacos y puedas estar ahí cuando llore, tenga miedo o hambre.
Hemos normalizado una forma de criar que no es ni de lejos lo más natural, lo que realmente a las madres nos nace de dentro.
Por eso, a muchas de nosotras, cuando nos enfrentamos a estos imperativos, se nos acusa de vagas, de mantenidas y se nos hace compensar esta falta de trabajo fuera de casa con una perfección absoluta en el hogar y una sonrisa siempre en la cara.
Las madres que optamos por criar de una manera natural, más presente y más consciente, nos encontramos con muchas más dificultades a la hora de conciliar, porque no queremos elegir el camino que nos ofrece este sistema (el camino rápido). No queremos hacer como si nada hubiese pasado. Queremos tiempo para maternar con calidad, para estar con nuestras hijas, no con nuestros jefes.
Las madres que optamos por una crianza natural, una crianza como nos dicta nuestras entrañas, sin separarnos de nuestros hijos, acompañándoles en todo momento y estando cerca siempre, nos encontramos con un rechazo generalizado hacia nuestra forma de hacer las cosas. Y, sobre todo, una falta de empatía cuando nos quejamos de lo duro que es estar siempre presente, cuando nos quejamos de lo difícil que es conciliar, cuando nos quejamos de que estamos cansadas o cuando nos quejamos de cualquier otra cosa. Porque que no se nos olvide que esto lo hemos elegido nosotras, y si estamos en la mierda o estamos en una crianza muy demandante al servicio de nuestras hijas y nuestros hijos es porque lo hemos elegido nosotras.
Si nos quedamos sin la vida social de antes por estar durmiendo cerca de nuestro bebé, lo hacemos porque queremos y no tenemos derecho a la queja. Tú lo has querido amiga.
Desde aquí amiga te animo a que vivas una crianza lo más natural posible, que te dejes de artilugios, de manuales, de centros y cachivaches,… que lo único que hacen es separarte de lo necesario, de lo realmente valioso, que es estar siempre junto a tu bebé.
¡¡Quéjate!! Reivindico el derecho a la queja, y si esa queja no es sostenida por las personas que tienes cerca, busca cómo puedes llevarla cabo: quizás sea escribiéndolo en un cuaderno, en un post en Instagram, haciendo un podcast o yendo a terapia. La crianza es muy dura y cuando todo sale fácil es sin duda porque tú estás bien y transmites esa calma en tu familia, pero no siempre es así.
El sistema nos está disociando y está disociando a nuestros bebé para que pensemos que separados estamos mejor, porque es lo normal. No es así amiga, la diada mamá-bebé necesita permanecer unida todo el tiempo que sea preciso, es lo natural y lo demás es capitalismo.
